Cristina
Núñez, Pinturas
Cristina Núñez ha puesto al color a decir
su esencia humana. El color está en la esperanza
de nuestros ojos, pero, y no en menor medida, deshumaniza
los criterios con los cuales pretende ceñirse
a nuestros cuerpos. Por ello, los colores no rebasan
cierta tendencia monocromática. La tendencia
que, más que en la piel, está en los vestidos.
Todo es rojizo u ocre, marrón o naranja; incluso
el azul, el blanco o el verde devienen en esta obra
tonalidades de un rojo suspendido en una honda presencia.
Por esto sus cuadros son intimistas. El color del interior
nunca es el mismo que el color del descampado. Todo
ocurre siempre entre paredes cuando se trata de figurar
esos cuerpos humanos conformados por colores. Colores
secretos. A cada color en la superficie del lienzo corresponde
un color recóndito. Se trata de una alquimia.
La alquimia siempre ocurre protegiendo a los pigmentos
de la voracidad de la luz: los verdaderos colores sólo
ocurren en la oscuridad.
En Oswaldo llega a su casa [Óleo y carboncillo
sobre lienzo. 185 X 145 cm. 2004.] podemos apreciar
una ventana por donde entra no el sol sino la oscuridad
íntima de lo exterior. La casa es un lugar doblemente
interior. Por una parte es el refugio de una luz artificial,
de un arder, por la otra, es un espacio circunscrito
por la figura humana. Los límites de la casa
coinciden con la disposición de esa persona allí
representada. El centro del cuadro está ocupado
por un gato que induce al espectador a sorprenderse
sobre la calidad de esta extraña morada. Si Oswaldo
llega, el gato ya estaba allí. Este animal “domestico”
esta representado de un modo casi rupestre. Es un gato
pero su hocico puede ser el de un perro o incluso el
pico de un ave. Por esta razón, se nos da por
recordar aquí, con Georges Bataille, que el arte
es ante todo la invención de un morar. Al pintar
una cueva el hombre primitivo creo un ‘interior”.
Así, es ese gato, como un jabalí o un
bisonte interiorizado, quien está rodeado de
un cuerpo humano y de la casa que aquél ocupa.
En Juego [Óleo y carboncillo sobre lienzo. 130
X 100 cm. 2005] se desfigura la medida antropométrica
en un redil de signos y estructuras. La carta cerrada
bajo dos pliegos y arrojada sobre la cama, el juego
de damas, el reloj de arena, y un péndulo inmóvil,
sujetado por una mano demasiado firme, fragmentan la
certeza de lo que se ve. El cuerpo humano tiene en esta
obra mucha más objetividad que el rostro. Quizá
es por ello que se guarda tanto a la mirada bajo su
excesiva vestidura.
Como allí, en casi toda la obra de la artista,
la figura humana se guardan bajo capuchas y ropas que
recuerdan los hábitos de los frailes. Porque
se trata, por sobre todas las cosas, de pintar un color
secreto, celosamente guardado desde el origen de nuestra
humanidad y en cuya latencia se produce la atmósfera
de una representación que no se representa, de
una figura que no se ve, de una obra que no oculta su
misterio.
Erik
Del Bufalo
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